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lunes, 31 de marzo de 2014

Aquí pasa algo, pero...qué?

Es una noche oscura. Hace frio y corre mucho el aire. Decido ponerme mi sombrero para ocultarme un poco más en la sombra de la esquina. Es ese. Tiene que ser ese bar. En la Novena con Waters. El Phillies. No hay nadie. Tan solo el camarero con su típica bata blanca. Espero cinco, diez, quince minutos, y nada. Ya son las once y cuarto. Decido irme, cuando la veo llegar. Un destello rojo brilla en plena noche. Su pelo, color caoba se mueve suave y ligeramente con al compás del viento. Su vestido rojo es impactante e hipnotizador. Es practicamente imposibre poder apartar la vista de ella. 
Entra en el Phillies, mira a ambos lados y se sienta. Ya son las once y veinte y no hay nadie más allí, así que supongo que es ella. Decido salir de mi sombra y me dirigo al bar. Al pasar por delante de ese gran ventanal me sigue con la mirada, y luego vuelve a centrarse en sus uñas, también rojas. Entro y me inspecciona de arriba a abajo. No puedo evitar contemplar sus labios pintados de rojo. Me siento a su lado, nos quedamos callados durante diez suspiros, y ella decide hablar. 
-Boquerones en vinagre.
La clave. Esa es la clave para identificarnos. Es ella.
-Sardinas en aceite -contesto-.
Ella llama al camarero, Frank, y él se dirigie hacia nosotros.
-Hola, Marion -me dice él-. Cuanto tiempo.
-Hola Frank. Un Gin-Tonic por favor.
-De acuerdo. Y para la señorita?
-Otro Gin-Tonic, por favor -contesta ella con una voz dulce, pero firme-.
-Marchando.
Veo como Frank se va a preparar las bebidas, cuando su voz vuelve a interrumpir los pensamientos de mi cabeza.
-Así que se llama Marion?
-No del todo. Es uno de los tantos nombres con los que se me conoce. Para Fank, soy Marion. Para usted, Harrison.
-Muy bien, Harrison. Yo, para usted, Isabella. Para otros, Isabella. Entiendes?
-Isabella, entiendo.
Callamos durante unos segundos hasta que Frank nos sirve nuestros Gin-Tonics. Yo le pongo un poco más de hielo al mio.
-Así que le gusta tomarlo bien frio.
-Así es.
-Yo lo prefiero más natural.
Me vuelvo hacia ella. Se muerde el labio inferior mirandose las uñas, con unas ganas insoportables de morderselas. Está nerviosa.
-¿Esta es su primera vez?- Le pregunto-.
-¿Que bebo un Gin-Tonic? No, no lo es.
-No me has entendido. ¿Es la primera vez que viene de informadora? Parece nerviosa.
-Sí, es mi primera vez.
-De acuerdo. Entonces...¿la información?
-Ah sí! -Se agacha a coger algo de su bolso. Y saca un pequeño paquete envuelto en una especie de papel marrón. Está lleno de etiquetas -Esto es lo más importante. Es muy frágil, por favor, llévalo con cuidado. Por desgracia no puedo decirle lo que es, debe abrirlo el Sr. Ambrige.
-Me temo que eso es imposible. El Sr. Ambrige murió ayer en un trágico accidente de tren. Al parecer éste descarriló y fue incontrolable. Aun no hemos decidido quién será el que se encargue de su trabajo.
-No. Debía ser el Sr. Ambrige. -Se pone más nerviosa. Eso no lo esperaba. Se le ha descontrolado la situación.- Ahora que él no está, deberá abrirlo usted solo. 
-¿Solo? ¿Y qué pasa con mi aprendiz? ¿Él puede verlo?
-¿Tiene un aprendiz? -Dice ella sorprendida-.
-Sí, se llama Thamian. Pero no nos desviemos del tema.
-De acuerdo. A parte del paquete yo debía entregarle un mensaje para el Sr. Ambrige y otro para su querido Director. Debida la muerte del Sr. Ambrige, usted deberá ocuparse de su mensaje, y por consecuente, de su tarea.
-¿Soy el nuevo Sr. Ambrige?
-Es más bien, Harrison de Ambrige, así le llamaré. -Hace una pequña pausa, y respira. La melena se le ondula cuando mueve sus finos hombros para respirar. Cierra sus ojos brillantes durante una décima de segundo y parece que el tiempo se congela, hasta que vuelven a abrirse.- Muy bien. Usted debe saber que lo que ellos preparan no es simple, algo más complicado se traen entre manos. Quieren que lo investigue y a canvio, usted recibirá un trato especial en situaciones en que lo necesite. Y créame, lo necesitará. Al Director puede decirle que no hay nada que temer, en un principio, que nosostros no sabemos nada sobre ellos. Y que si no está seguro, que investigue a Francis Davy, él se lo confirmará.
-Espere. Me dice a mi que ellos preparan algo grande y peligroso y que lo investigue, porque después necesitaré su ayuda. Y después me dice que debo decirle al Director todo lo contrario. No entiendo.
Ella vuelve a poner su cara de seguridad. Esa cara firme. Con una sonrisa que parece malvada en su rostro.
-Ay, Sr. De Ambrige...es muy sencillo. Básicamente el Sr. Ambrige era un encubierto. Y ahora le toca a usted enfrentarse a ello, ya que es lo que le conviene. Nosotros somos mucho más mayores que ustedes. Somos la directiva y ustedes los obreros. La abeja reina y las abejas. Nosotros controlamos todo. Pero también necesitamos algunos que esten en los dos bandos. Agentes de campo. Investigadores internos, ¿entiende?
Me quedo congelado. No puedo articular palabra. El Sr. Ambrige era un encubierto. Y ahora yo debo ocupar su puesto. Siempre he sabido que aspiraba a algo más alto, pero, ¿esto?
-El Sr. Ambrige era nuestro mejor encubierto, y el más importante. Su trabajo era investigar todo aquello que dentro de sus empresas nos parece de gravedad. Nosotros estudiaremos la muerte del Sr. Ambrige, no creo que haya sido un simple accidente ferroviario. De mientras, y hasta que encontremos un substituto, usted ocupará su lugar. Ya sabe lo que debe hacer.
Ella le da un último sorbo a su bebida. Me mira. Posa sus enormes i brillantes ojos grises en los mios, marrones y corrientes. Por un instante siento que me desmayo. Que caigo en un mundo distinto. Que nado por una piscina gris con sabor a carmín de labios rojo. Y despierto al oir alguien entrar en el Phillies. 
Un hombre con sombrero y gabardina entra en el bar. Lo conozco. Estaba en la estación de tren esta mañana.
Me acabo mi Gin-Tonic y cojo por la muñeca a Isabella. Saludo a Frank y le envío recuerdos a su mujer. Una vez fuera, Isabella se pone su chaqueta. Se coloca en frente mio y me mira. En la oscuridad inmensa.
-¿Volveré a verte?- le pregunto sin controlar las palabras que salen de mi boca.
-Es probable.- me contesta con una sonrisa.- Hasta pronto Sr. De Ambrige.
-Por favor, llámeme Harrison. Hasta pronto Isabella.
Hace una delicada reverencia y se va. Yo me giro y veo al hombre de antes salir del Phillies. Ha llegado demasiado tarde si quería oir algo.




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